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16/04/2018
Prerrománico, presupuestos indignantes

“Mientras no se protejan los monumentos, seguiremos en deuda con nuestro patrimonio”; por Alberto Carlos Polledo Arias, en La Nueva España

Nada me agradaría más –para un servidor sería el colmo de la felicidad– que poder proclamar a gritos la dicha de que en Asturias, y por ende en Oviedo, nos encontramos en una autonomía perfecta, con los mejores dirigentes del mundo, los cuales consiguen que a nivel estatal nos traten y aprecien igual que a las comunidades de Madrid, Cataluña, Euskadi, Andalucía, Aragón, Valencia, Baleares…; que gozamos de sus mismos privilegios; que disponemos de excelentes comunicaciones por carretera, sin peajes; de AVES volando entre capitales; de protección integral del medio ambiente y, por tanto, de nuestra salud; comprobar que lo de “Asturias Paraíso Natural” es cierto y, además, que no se matan lobos a lo bestia en parques naturales, ni se les incluye en el punto de mira cinegético… y tantas cosas más imposibles de enumerar.

 

¡Sin duda, sería maravilloso! Sin embargo, las circunstancias, si no es a costa de un pazguato buenismo o un lamec… servil, lo impiden, porque peor no podemos estar. Un pueblo que no se rebela cuando los que mandan juegan con su salud y con la economía de sus bolsillos, es que se trata de una ciudadanía amorfa, aletargada y sin porvenir. ¿Cómo es posible que Oviedo capital no se oponga con firmeza al proyecto de una planta asfáltica, a las puertas de la ciudad, con el sinnúmero de enfermedades letales que sus residuos conllevan? ¿Seremos los ovetenses capaces de soportar tal contaminación de aire, aguas y paisaje, causante de múltiples enfermedades, desde cáncer de pulmón hasta leucemia, sin levantar la voz para negarnos en redondo a su instalación?

 

Diez años de alarmante retraso lleva el proyecto de comunicar con un tren de alta velocidad la capital del Reino y Gijón, con las perjudiciales consecuencias de producción y distribución de mercancías y viajeros que ello acarrea a empresas y usuarios. Si el conjunto de los asturianos, el 27 de marzo de 1881, se concentraron en Oviedo para protestar por la alteración del trazado del futuro ferrocarril entre Busdongo y Pola Lena y fueron capaces de solucionar el problema, ¿qué razón existe para que, en la actualidad, no los imitemos? Yo se lo voy a decir: pertenecemos a una sociedad muerta, sobremanera intelectual-mente, incapaz de formar un todo, una gran plataforma de reclamación para expresar un clamor solidario que levante temor y polvareda en los órganos de gobierno nacional.

 

De todas formas, me estoy perdiendo por los cerros de Úbeda. Al igual que Francisco Umbral fue a los estudios de TV a hablar de su libro, un servidor lo que quería hablarles es del prerrománico asturiano y su negro porvenir. Quede claro que aplaudo a rabiar el que, dentro de los Presupuestos Generales del Estado, se haya reservado una cantidad para la restauración de las pinturas y murales de San Miguel de Liño, de las jambas decoradas que se encuentran a ambos lados del pórtico y se hayan programado intervenciones en varios puntos más, sobre todo, cuando a juicio de los expertos, se trataba de las actuaciones más urgentes para su protección.

 

Lo verdaderamente triste es que estamos hablando del contenido y nos olvidamos del contenedor. En este caso tan importante o más. Y no me refiero a los edificios mandados construir por Alfonso II o Ramiro I: Santullano, Santa María y San Miguel, aunque también podría hacerlo porque requieren grandes mejoras. No. Estoy hablando del espacio que rodea estas tres joyas del prerrománico asturiano; pues, si la autopista a la misma vera de la primera se convierte en algo siniestro, el entorno del Patrimonio de la Humanidad en el monte Naranco es, a todas luces, inadmisible. 

 

Tanto ovetenses, como asturianos y españoles, no somos capaces de apreciar los tesoros que guardan nuestras tierras. Aún no somos conscientes de que el arte asturiano no nos pertenece porque no es algo que hayamos recibido en herencia; hemos de comprender que, simplemente, somos administradores de un bien, tan relevante, que estamos obligados a conservarlo para que nuestros he-rederos realicen otro tanto de lo mismo y se lo entreguen intacto a sus descendientes. Mientras no lo entendamos así no hay nada que hacer.

 

¿Cómo es posible que desde el año 1960, en que el arquitecto conservador Luis Menéndez Pidal reclamase un nuevo acceso por carretera al Naranco, el cual estuviese alejado de los dos monumentos, continúe sin construirse? ¿En qué ventanilla hay que clamar para que la petición hecha, en 1968, por nuestro querido y añorado cronista de Asturias, Joaquín Manzanares, con el título de “Propuesta de parque municipal del Naranco”, se vuelva realidad?

 

Seis décadas sin mover ni un solo dedo para que dos obras arquitectónicas sin par, admiradas en todo el mundo, prosigan en precaria situación y sin objetivos de mejora:

 

1) En un entorno sórdido y deplorable topamos con el edificio de la antigua casa rectoral en ruinas, en el que las pinturas basura de los grafiteros relucen por las cuatro esquinas. Tendejones y cuadras bien visibles y en estado calamitoso, asolan el panorama al pie de Santa María.

 

2) En un costado, a escasos metros, una carretera con suficiente tráfico, capaz de deteriorar los monumentos, contaminando el entorno por tierra, aire (casi hasta por mar) y acústicamente. Coches aparcados al lado mismo de tales joyas sin el menor problema.

 

3) Todo su perímetro desprotegido, sin ningún tipo de barreras, en el que cualquier bárbaro o patán puede dañar los reales edificios.

 

Tras tantos años y como siempre, los Presupuestos Generales del Estado resultan mezquinos e indignantes. El asunto es urgente. Ya va siendo hora de que cojan el toro por los cuernos y protejan adecuadamente dicho tesoro y su entorno, desviando de una vez por todas la carretera; cerrando a cal y canto todo su contorno, para controlar el acceso. Al igual que en cualquier lugar del mundo, cobrar la entrada y proporcionar una visita guiada a los visitantes dará más prestigio al lugar. Como no me canso de repetir, todo ello crearía puestos de trabajo, riqueza para reinvertir en los monumentos y, por encima de todo, seguridad. Mientras esto no se convierta en realidad seguiremos en deuda con el Arte Prerrománico Asturiano y, a la vez, con las generaciones venideras. Claro que, para conseguirlo, hacen falta dirigentes con visión de futuro, comprometidos con la cultura. Cuando soy pesimista pienso que estos escasean; cuando me torno realista entiendo que no existen.

 

(Publicado en La Nueva España el 16.04.2018)

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